No son 10 pinches escalones


Diez escalones pensé, solo son diez escalones.

Caminé descalza hasta el borde de las gradas, respiré profundo y salté.

Subí por los aires, moviendo los pies, podía volar sobre los 10 escalones y caer suavemente sobre la pequeña alfombra persa del hall de mi casa.

Todas las mañanas los contaba, diez, solo diez, y saltaba, y flotaba suavemente hasta posarme como gacela sobre la pequeña alfombra persa.

Era parte de un ritual mágico tan común para mi y tan inverosímil para mi incrédulo hermano. Y es que no iba a saltarlas cuando él quisiera, así no funciona la magia.

Yo saltaba por la mañana, cuando salía el sol y me calentaba primero la nariz y trepaba luego hasta mis ojos para despertarme, tenía que respirar profundo todo el aire que el sol me había enviado para darme coraje y caminar decidida hasta el borde de las escaleras, solo así y en ese momento podría poseer la magia que me haría caer suavemente, porque repito, no funcionaría si yo me acobardaba, así que era parte magia, parte cojones.

Pero como toda magia que se respeta, ésta no puede ser contada o pierde inmediatamente sus poderes, todos saben eso.

Entonces cuando mi hermano mayor me retaba a saltarlas haciendo alarde de su destreza, yo no podía, simplemente tenía que quedar como la hermana menor que todavía no puede saltar 10 pinches gradas. Eso a él le gustaba, sentirse el hermano mayor que tiene que enseñar a la pequeña, y a mi la verdad me conmovía mucho, así que dejaba el orgullo de lado y me hacía la torpe, al final el que yo supiera volar no era algo que se podía contar a los cuatro vientos, y si a mi hermano le hacía feliz mi torpeza, no era un problema, o al menos eso pensaba.

Sabía que el secreto no iba a durar mucho. ¿Que pasaría si alguien se despertara y me viera volando sobre la escalera? Podía ser un golpe muy duro para mi familia terrícola pensaba yo...no podía ser descubierta, o por el contrario debía prepararlos con calma, sentándolos en sala, poniendo una música suave y hablándoles pausadamente para que no se me muera nadie del espanto.

Me puse una fecha límite, les contaría esto el día de mi cumpleaños, mi décimo cumpleaños.

Había llegado el día, la primera en despertar fue mi nariz, como siempre, pero esta vez no era el sol que la calentaba, era un aroma dulce, suave y cálido, esta vez sentía que era el aroma el que me transportaba, ya no desde las gradas, desde mi cama. Me había elevado totalmente y tenía las sabanas todavía encima como si fuera un fantasma, no podía evitarlo, flotaba y salía de mi cuarto persiguiendo ese dulce aroma como un oso Yogui.

Llegué a la cocina y ahí estaba mi hermosa madre, dandole vueltas y vueltas a una olla gigante de arroz con leche para mi cumpleaños. Me sintió como una brisa, pero no me vio, cerró la ventana de la cocina y yo pude escapar volando, no era así como esperaba que se enteraran de mi gran secreto.

Me metí de nuevo a la cama fingiendo estar dormida mientras todos se levantaban a felicitarme. El primero fue mi hermano, quien con su adorable sarcasmo me retó:

-Ya tienes 10 años, supongo que podrás saltar 10 pinches gradas, no? enana?-

Acababa de volar no solo desde las gradas, ida y vuelta hasta la cocina, por sobre mi madre, totalmente invisible y él ni me felicitaba y me decía enana? a mis 10 años? No, esto era demasiado.

Me levanté de un tirón hacia las gradas y al borde de los diez escalones pensé: -Tengo 10 años, son 10 escalones- y salté delante de mi hermano, cayendo de pie y firme en el piso.

Me quedé paralizada comprendiendo en ese instante, que yo no acababa de cumplir sólo 10 pinches escalones. No fueron nunca sólo 10 escalones.

Me negué a soplar las velas, y a partir de ahí, nunca más celebré un cumpleaños.

No somos ni 10 ni 50 pinches escalones!

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